(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

domingo, mayo 20, 2018

Los fantasmas reales que acompañan la escritura

          
Emmanuelle Seigner (Delphine) y Eva Green (Elle) en una escena de Basada en hechos reales (2017), dirigida por Roman Polanski.
            «Esta noche he acabado de poner en limpio la primera idea de mis sueños de jovencita. Todavía me quedan quince días de navegar por lagos azules, después de lo cual iré al baile y pasaré después un invierno lluvioso, que cerraré con un embarazo […]», escribe Flaubert a su amante Louise Colete, el 27 de marzo de 1852, mientras está trabajando en su novela Madame Bovary (1856). Flaubert está sintiendo en sí mismo todo lo que sentiría su personaje, esa Emma Bovary que mira la realidad a través de lo leído en las novelas sentimentales. No se trata de introducir sucesos autobiográficos, sino de entender la convivencia e identificación espiritual que el autor tiene con su personaje durante el proceso creativo. Tal vez, ese es el mejor sentido de la frase que se le atribuye: “Madame Bovary soy yo”.

            Delphine (Emmanuelle Seigner) es una escritora exitosa que, durante una firma de libros, conoce a una lectora que se presenta como Elle (Eva Green), con la que mantendrá una perturbadora relación que interfiere poderosamente en su proceso de escritura. La película Basada en hechos reales (2017), de Roman Polanski, está basada en la novela homónima de Delphine de Vigan. Estamos ante un juego de referencias personales de la escritora, su proceso de escritura, y la trasposición de la novela en película, con una vehemente afirmación de realidad detrás del título, y, sin embargo, metaficción en estado puro. 
          
             «Pocos meses después de que apareciera mi última novela, dejé de escribir. Durante casi tres años, no escribí una sola línea». Así se abre la novela de Delphine de Vigan. Así se abre el drama de Delphine, protagonista de la película de Polanski. En ambas, asistimos a ese estado de desequilibrio mental en el que va cayendo la autora, luego de publicado el libro más reciente, en la medida en que debe comenzar un nuevo proyecto de escritura.
Delphine, la escritora, desnuda el doloroso proceso creativo, desde la muy común angustia de la página en blanco, puesto que uno se ha vaciado completamente en el último libro; pasando por la convivencia espectral con el fantasma de su personaje, y llegando a un estado de angustiante consunción vital en el que cae la escritora para que resurja la escritura como tal. Elle es la intrusa que va a apoderándose de cada esfera de la vida de Delphine. En esa tensión, la película se comporta con las reglas del thriller. Polanski insiste en que el proceso creativo, como en una cinta de Moebius, tiene una sola cara a pesar de las apariencias y que, de manera infinita, se repite en cada libro.
«Como todo relato escrito en primera persona, Alexis es ante todo el retrato de una voz. Había que dejarle a esa voz su propio registro, su propio timbre”, reflexiona Marguerite Yourcenar en el prólogo de 1963 de Alexis o el tratado del inútil combate (1928). En Basada en hechos reales, la voz autoral es la voz de la protagonista, comparten el mismo timbre; y la escritora carga con los fantasmas que acompañan su propia escritura: Flaubert visitado por Emma.

 Publicado en Cartón Piedra, revista cultural de El Telégrafo, el 18.05.18

domingo, mayo 13, 2018

Tula, la romántica abolicionista que no sabía cocinar


           
Retrato de Tula, de Antonio María Esquivel, 1840
En 1836, deja su tierra y escribe «Al partir»: «¡Perla del mar! ¡Estrella de Occidente! / ¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo / la noche cubre con su opaco velo, / como cubre el dolor mi triste frente». A los veinticinco años, ya instalada en Sevilla y romántica, plasma en su diario: «A veces me abruma esta plenitud de vida y quisiera descargarme de su peso». Está trabajando en Sab (1841), la novela antiesclavista que publicará once años antes que La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe. Los parientes de su padrastro, la apodan la doctora, y la tildan de atea, porque leía a Rousseau y «la habían visto comer con manteca un viernes».
En Sab, Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814 – 1873), Tula, subvierte los valores ideológicos de la sociedad esclavista que, pese a los tratados entre España e Inglaterra para prohibir el tráfico de esclavos y las ideas reformistas de Domingo del Monte, subsiste como modelo económico de los terratenientes cubanos. Sab es, ante todo, una historia de amor imposible: Bernabé, esclavo mulato conocido como Sab, está enamorado de Carlota, su dueña, un espíritu sentimental que, en cambio, ama al comerciante Enrique Otway. Este no le corresponde a Carlota con igual intensidad y considera al matrimonio como otro negocio del que hay que lucrar.

Sab, el esclavo, erotiza a Carlota —su ama blanca, que, por enredos de la intriga, resulta su prima hermana—, al hacerla su objeto amoroso. Y es Teresa, una prima pobre de Carlota, quien, al convertirse en confidente del esclavo y el amor por su ama, reconoce la valía moral de Sab. Una escena decidora, al comienzo de la novela, es cuando Carlota recibe un beso agradecido de parte de Sab, por ella haberle concedido la libertad: «Pero la mano huyó al momento y Carlota sintió un ligero estremecimiento: porque los labios del esclavo habían caído en su mano como una ascua de fuego». Al final, Carlota, ya casada y conocedora por confesión de Teresa del amor del esclavo, visita todas las noches, durante tres meses, la tumba de Sab. La autora, que envía a su personaje a vivir en Londres con su marido, se hace la pregunta con que cierra la novela: «¿habrá podido olvidar la hija de los trópicos, al esclavo que descansa en una humilde sepultura bajo aquel hermoso cielo?».
Ese amor está adherido a la vida de Carlota, cuyo destino es comparado con la esclavitud del propio Sab. En una larga carta que el mulato escribe a Teresa, mientras agoniza, dice: «¡Oh las mujeres! ¡pobres y ciegas víctimas! Como los esclavos, ellas arrastran pacientemente su cadena […] sin otra guía que su corazón ignorante y crédulo eligen un dueño para toda la vida.» La novelista pone esta descarnada reflexión en boca de Sab, que también alega que el esclavo puede comprar su libertad, pero la mujer no puede hacerlo; Tula, la que se burla de quienes la señalan porque «no sabía planchar, ni cocinar, ni calcetear y no lavaba los cristales, ni hacía las camas, ni barría». Corrigiendo a Bretón de Herreros: ¡Mucha mujer, esta mujer!

 Publicado en Cartón Piedra, revista cultural de El Telégrafo, el 11.05.18

domingo, mayo 06, 2018

El valor de lo que se dice en los libros y la TV


    
Manuel Salvador Carmona (1734-1820)
«Lo que te digo es cierto porque lo leí en un libro», «Ayer descubrí un remedio milagroso en Internet», son expresiones cotidianas que dan cuenta de un hecho: la palabra publicada, ya sea impresa o digital, tiene un valor de verdad por sí misma, ante la mirada del público lector, que no depende, necesariamente, de lo que dice. Por el solo hecho de que lo escrito aparece publicado, se considera, antes que nada, que lo dicho es cierto. En este sentido, el valor intrínseco que tienen los libros en la generación de saberes para sus lectores los ha convertido en fuente de verdades.
Así lo entendió Cervantes cuando se dispuso a escribir su monumental diatriba, destinada «a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías». Los libros de caballerías ejercían una notable influencia en sus lectores, de tal manera que el tono paródico utilizado por Cervantes en el Quijote, tenía «la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros»: gigantes, monstruos, sabios encantadores, bálsamos para curarlo todo, etc.

La locura del Quijote representa, entre otros sentidos y llevada al extremo, la alienación popular generada por los libros de caballería en su tiempo.

Leo en la primera plana de Últimas noticias (9 de abril de 2018): «Arrastrada como Alfaro», en mayúsculas, utilizando tres de las cuatro columnas del tabloide. La noticia se refiere al hecho de que un conductor ebrio arrastró con su auto a una agente de tránsito. El titular es lamentable en términos de estética periodística, pero lo peor es que, en términos éticos, dicho titular ejerce nuevamente violencia, en este caso simbólica, sobre quien ya había sido víctima de la violencia física. El titular no culpabiliza al perpetrador, sino que se regodea en el sufrimiento de la víctima. La publicación de este tipo de crónica roja tiende a convertir en un asunto normal, a la violencia, tanto física como verbal.

Igual que los libros de caballería de antaño ejercían su poder de alienación en sus lectores, las narco-telenovelas de hoy presentan como cotidianos, y hasta deseables, patrones de conducta delincuenciales y se basan en la fórmula: chica pobre, guapa, tiene que convertirse en una muñeca del líder del microtráfico del barrio para salir de la pobreza; o, el líder del narcotráfico es un hombre con infancia infeliz que ama a sus hijos, por lo tanto tiene sentimientos, así ponga una bomba para que un avión explote en el aire, como sucedió con el vuelo 203 de Avianca, el 27 de noviembre de 1989. La esquizofrenia de la cultura del entretenimiento nos llena, en una misma estación de televisión, del noticiero condenando el narcotráfico, e, inmediatamente, de narco-telenovelas que convierten en héroe de película a cualquier Pablo Escobar y lo que este representa.
De ahí que el uso de la palabra implica responsabilidades que, en libros, en Internet o en la TV, radican en la verdad que se supone llevan en sí mismos, frente a su público lector o a su audiencia.

 Publicado en Cartón Piedra, revista cultural de El Telégrafo, el 04.05.18